A ANTONIO SALAS, EN SU FALLECIMIENTO

Querido Antonio, Cher Antoine, como todos de llamaban aquí en Camerún:

Sabía tu final entre nosotros, hace ya unos meses, desde tu primera carta y nuestro encuentro en Barcelona en marzo. Me lo comunicaste con naturalidad y convencimiento: “bueno, empiezo un proceso contra una enfermedad importante, pero estoy dispuesto a lo que sea, he hecho ya mi vida y ahora a esperar…..” Y en tu última carta y encuentro también e Barcelona hace prácticamente un mes, me y nos decías: he luchado contra la enfermedad, ahora va a ser contra el dolor; y estoy sólo en las manos de Dios”.  Y todo nos lo has transmitido con la sonrisa en tus labios y con palabras de naturalidad y de fe sincera y profunda.

Nos has enseñado a vivir y vivir en la Misión completamente entregado con alegría y positividad; has sido persona de vida que has generado vida a tu alrededor sobre todo entre los más desfavorecidos de la sociedad: la gente de la Cité Verte, en Yaoundé, donde has dejado una huella profunda que seguimos los escolapios en fidelidad al mismo Dios y al mismo Calasanz que nos han convocado en el camino de  la vida en Camerún, en la acogida de los refugiados en Yaoundé que llegaban de la guerra de los Lagos, en el nacimiento del hermoso seminario de Teología “Bienaventurados Mártires Escolapios”, en Bafia, misión inhóspita por el clima, pero a la que fuiste con una hermosa disponibilidad escolapia.

El otro día viendo el archivo de esta Provincia encontré un diploma que te había concedido el gobierno español y la medalla de Isabel La Católica, reconociendo  tu entrega desinteresada a los marginados sociales. No nos habías dicho nada de esto………. Una prueba de tu sencillez, relativización de los éxitos humanos y de tu afirmación en lo único necesario: el amor evangélico.

Nos has enseñado y retado a vivir y al final también a despedirnos de las cosas de la tierra y a morir. En tu última carta, carta de despedida, nos ofrecías lo mejor que podías ofrecernos en estos meses últimos: tus manos vacías de actividad y tu postración física en el dolor amándonos desde el silencio y el reducido espacio de tu habitación y de tu casa del dolor.

Esta mañana, a la vez, el P. Pallarolas y el P. Manel Sales me comunicaban tu fallecimiento cuando ya revestido con alba y casulla íbamos a comenzar la eucaristía en Bamendjou con presencia de los más de mil niños y niñas de las 6 escuelas, para celebrar a Calasanz. En ella te hemos hecho presente, yo con emoción y ternura en mi corazón, ellos su plegaria “pour le P. Antoine, avec le désir qu’il soit dans la paix éternelle du Pere”. Y te he presentado como un hombre de ida que ha transmitido vida y la sigues transmitiendo, como Calasanz, por un mundo mejor, nunca mejor dicho en tu caso, pues has abierto fronteras geográficas y humanas para hacer un mundo más habitable y mejor.

Te echo de menos, Antonio; cuando llegue aquí acababas de irte para empezar tu proceso de enfermedad en Barcelona. Y te echamos de menos, una vez acostumbrados todos los escolapios, juniores, fieles de Bafia y de Yaoundé, a tu presencia  unificadora y aglutinante en este país. Hay dolor y tristeza en nuestro corazón, que vivimos como oración, plegaria y presencia en la mirada y manos acogedoras y entrañablemente tiernas de Dios, que sabe más que nosotros.

Pero tú no nos quieres tristes y quieres que sigamos caminando, construyendo la casa, la Iglesia, la sociedad, las escuelas y la Escuela Pía africana que contigo hemos venido construyendo. Sigue “echándonos una mano” con tu referencia y tu presencia entre nosotros, como tú y el Padre sabéis hacerlo desde  el corazón, desde el Espíritu y desde la Vida definitiva.

Montón de gracias, Antonio, por tu vida entregada entre nosotros, porque tu persona ha sido sacramento del amor y de la vida del Dios de la Vida y del Amor para este rincón de África, en Camerún y en Senegal, donde también nuestros hermanos te llevan en el corazón; para todos nosotros has sido lazo de unión y generación de fuerzas nuevas con visión clara y corazón ardiente para una Escuela Pía viva y servidora de los preferidos del Evangelio, los más pequeños y pobres.

En nombre de todos y cada uno de los escolapios y laicos de aquí, Antoine, nuestro abrazo más entrañable y amoroso de hermanos.

Gracias, P. Provincial, P. Manel y hermanos de Cataluña, especialmente de la casa de Santa Eulalia, por vuestra acogida y acompañamiento de nuestro hermano P. Antoine, en su proceso de enfermedad y en sus últimos días, con detalle, con esmero y servicio de todos los medios y cuidados necesarios para hacer más fácil su final. Habéis sido bendición de Dios para él; siempre me ha dicho lo bien que se sentía entre vosotros.

Un abrazo a todos desde Camerún. Javier Negro

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