EXPERIENCIA ULISES, UN VERANO BIEN APROVECHADO

Un año más, unos cuantos jóvenes han sabido aprovechar su verano compartiendo un mes, más menos, con los escolapios de otro continente en lo que llamamos la «Experiencia Ulises».

Se trata de una iniciativa de Itaka – Escolapios para favorecer el proceso personal y vocacional de algunos jóvenes del Movimiento Calasanz, la Fraternidad o muy cercanos a lo escolapio, que durante un año van trabajando en distintos encuentros su disposición a la solidaridad con los más necesitados, tienen este mes de compartir escolapio y prosiguen otro año más, asentando y asimilando en su proyecto de vida lo que han vivido.

En concreto, este verano han sido más de 20 jóvenes los que han marchado de España a Maracaibo, Bogotá, Yaoundé, Bolivia (Anzaldo y Cocapata) y León de Nicaragua.

Podemos leer el testimonio de una joven de este grupo, que publica uno de los periódicos de Bilbao:

Para Mónika, la experiencia como cooperante es sólo un capítulo más de una vida entregada a los demás. Estudia Trabajo Social y desde muy joven ayuda en asociaciones juveniles. Viajar como cooperante a otro país era una forma de llevar un paso más allá su ideal de vida. Ese sueño le venía taladrando la mente desde los 15 o 16 años, pero tuvo que esperar hasta cumplir 21. Ésa era la exigencia para participar en los viajes de la Fundación Itaka – Escolapios, donde lleva colaborando desde que era pequeña. “Esta experiencia tenía varias dimensiones. La principal era la humanitaria, claro, pero también me motivaba conocer lo que hace en otros países el grupo en el que participo. Por otra parte, esta experiencia tiene un matiz religioso, se desarrolla desde la idea de la caridad cristiana, y eso, por mis creencias, fue algo que me acabó por convencer”.

Explica Mónika que ella estaba dispuesta a desplazarse a cualquier destino, tocase el que le tocase. Es la propia Fundación la que gestiona los proyectos y decide a dónde mandar a cada joven en función de su perfil y los requisitos de cada lugar. A ella le fue asignada Venezuela, a donde llegó junto a otra chica de Valencia. “Primero volamos a Caracas, y después a Maracaibo, donde estuvimos tres semanas haciendo actividades para niños y jóvenes. Por las mañanas dirigíamos un plan vacacional con juegos y dinámicas en un colegio. Luego teníamos unas horas asignadas de refuerzo escolar. Por las tardes, dábamos cursos de autoestima, empatía, resolución de conflictos…”.

Lo que Mónika se encontró cuando llegó a Maracaibo fue una ciudad de grandes contrastes. “Aquí se ve desde gente que vive muy bien en las fortalezas de Santa Rita -casas valladas con muros infranqueables para que no entren a robar-, hasta los ranchetes de Carora, casitas muy humildes en las que la gente se gana la vida con lo que hace y con el trueque”. Venezuela, explica Mónika, es un país en el que hay mucho desabastecimiento. “Hay mucho trueque porque hay cosas que no se pueden conseguir en el supermercado. Aprendes mucho al ver cómo la gente se las ingenia para salir adelante”. Son cosas, explica, de las que nunca habría sido consciente de no haber hecho trabajo a pie de calle. “Se lo recomiendo a todo el mundo que tenga la inquietud de darse a los demás, pero siempre y cuando sepa que aquí va a tener la exigencia de trabajar. No se viene de turismo ni a ver mundo”.

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